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Cura violó a niño de 7 años. “Mi semen es bendito, debes beberlo y serás salvado”



La iglesia es algo así como la casa de Dios ¿No es cierto? Los sacerdotes son aquellos hombres que deciden dedicar su vida al padre. Que renuncian a toda clase de placeres humanos para convertirse en los principales comunicadores de la palabra del creador. Cuando vemos a un hombre portar una sotana, sentimos respeto y admiración por esa persona llamada “El padre de la iglesia”. Esa es la idea que la mayoría de nosotros tenemos, esa es la idea que tenía Eduardo, un pequeño que a sus escasos 7 años ya sabía lo que quería en la vida, que afortunado habemos otros que llegamos a la etapa adulta y no sabemos lo que queremos. “Mamá yo quiero ser sacerdote”. En las familias mexicanas tener alguien con vocación al señor es un orgullo y no hay que truncar esos sueños. Por eso su madre se dedicó a guiar a su hijo por el buen camino. 




Todo comenzó cuando conocieron al “Honorable” padre Francisco, uno de los tres miembros de la jerarquía de la Iglesia Católica en la ciudad de San Luis Potosí. Todas las tardes al terminar sus quehaceres y su hijo la escuela, acostumbraban ir a misa, el sacerdote identificaba perfectamente a la familia Gutiérrez nunca faltaban. ¡Su hijo quería portar sotana y dar misa algún día! 

El padre al notar la inquietud del pequeño propuso a su madre lo inscribiera al nuevo seminario, le iba servir para iniciarse en la iglesia. El niño inocente estaba muy emocionado, realmente su vocación era inquebrantable, todas las mañanas ayudaba en las obligaciones de la casa y se apresuraba con su tarea, con tal de no faltar a la doctrina. 

Una tarde mientras jugaban en el descanso, Eduardo se torció un pie, el padre se ofreció a llevarlo a casa y desde entonces se ganó la confianza de la familia, a fin de cuentas ¿Por qué habría desconfianza? Se convirtió en una costumbre que el padre los acompañara en la mesa, inclusive hasta se confesaban en su propio hogar, la amistad era más que evidente. A los meses les dijo que era tiempo de que Eduardo pasara más tiempo con él para enseñarle la palabra de Dios. Después del seminario se quedaba con el padre y cenaban. Un pobre niño que apenas comienza el camino, que no sabe lo que es bueno o malo, que es como una ovejita siguiendo al rebaño, no tenía idea de lo que este hombre le hacía. Primero fueron caricias fuera de lo común, lo ponía rezar una y otra vez el padre nuestro, hincado frente a la imagen de Cristo, mientras sus manos sucias recorrían cada parte de su cuerpo, no podía desconcentrarse, pues a Dios no le gustaba que dejara de rezar, poco a poco sus manos terminaban dentro de aquellos desgastados pantaloncillos escolares, tenía miedo, pues nunca antes alguien lo había tocado de esa forma, pero entendía lo que era un sacrificio “Tengo que hacerlo, aunque no me guste, por Diosito” es lo único que pensaba. Eduardo se acostumbró a recibir caricias sucias a diario, pero el padre no se pudo conformar, así que comenzó a pedirle que le hiciera orales. "Mi semen es bendito, debes beberlo y serás salvado", le repetía constantemente.  

¡7 años! y tener que complacer los placeres más enfermos de un hombre mayor. 



Algo no estaba bien, así que Eduardo dijo a su madre no querer asistir más. Mamá no era un berrinche ¿Por qué lo obligaste? La madre no iba permitir que después de todo el esfuerzo su hijo echara todo por la borda, un año después Eduardo seguía siendo víctima de abusos. Cada vez se resistía más, la última vez que se enfrentó a ese animal fue horrible, tomó una pistola y se la puso en la frente mientras le decía: “Escucha bien, esto es algo que tienes que hacer por Dios, te vas a dejar o voy a matar a tu familia”. Eduardo temblaba, mientras sudaba en frío, un profundo dolor rasgaba su pequeño corazón y las lágrimas corrían por su rostro. Ese rostro triste, que hacía dos años atrás no sonreía. Lo golpeó 10 veces, son 10 mandamientos. No importaba porque ese fin de semana había retiro espiritual, tiempo suficiente para que no se notaran los golpes en sus piernas y nalgas. 

Eduardo ya no era un niño, era un ser lastimado y a la defensiva, así que decidió ponerle droga en su comida, para poder penetrarlo todas las noches sin ningún problema. El niño se daba cuenta que las veces que fingía comer la cena él lo penetraba hasta cansarse. A veces comía de más, pues sabía que no se daría cuenta y era mejor estar dormido. 

Fueron dos años los que tuvieron que pasar para que la madre de Eduardo, se diera cuenta que el cambio de su hijo no era casualidad. Una tarde al revisar sus cosas descubrió todos los mensajes que ese malnacido le escribía a su hijo, con un sin fin de amenazas. Enfrentó a Eduardo y fue como si después de toda esa basura, de vivir día a día en el infierno, después de una inocencia robada, había una esperanza. Eduardo no paraba de llorar contándole todo a su madre.


Se dirigió a levantar un acta, pero la respuesta no fue la que esperaba, pues le impidieron estar presente en la declaración del pequeño, enseguida se dio cuenta que el ministerio puso información que Eduardo no dijo. Se levantó la orden contra el servidor de Dios, pero las autoridades le ayudaron. 

¡Vaya! Aquí no importa la manera en que se aprovechen de la ingenuidad de un niño, que cometan los peores actos, que ahora leemos pero no tenemos idea lo que es estar bajo el poder de un pederesta que puede hacer lo que le plazca sólo porque porta una sotana. Que ahora es Eduardo ¿Y antes? Mientras está al amparo de la ley ¿Quién sigue? ¿Tiene alguien derecho a usar algo sagrado para pisotear vidas de esa forma?

Una persona que es capaz de hacer algo así no tiene derecho a nada, tiene derecho a refundirse tras las rejas, sentir el peor de los dolores, pagar cada una de esas inocentes lágrimas y secuelas que dejó por el resto de los días. No a estar escondido bajo las faldas de la iglesia y el gobierno. 

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